Saltar al contenido

Un confesor en el Santo Sepulcro

Por: Agustín Enrique Bollini. Jerusalén 

experiencias sacerdotales
100 Historias en Blanco y Negro

Hace tiempo quería contarte sobre mi experiencia de estos meses de Confesión diaria en el Santo Sepulcro, para que nos alegremos juntos, con la obra del ”Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos reconforta en todas nuestras tribulaciones, para que nosotros podamos dar a los que sufren el mismo consuelo que recibimos de Dios.”

Doy gracias a Dios por este regalo de poder contemplar Su Obra, todos los días, en este privilegiado lugar. Soy un espectador gozoso de lo que Él realiza e, indigno, rezo y pido ser un útil instrumento en Sus Manos para la reconciliación de mis hermanos.

Estoy disponible para confesar seis días por semana, de 7.00 a 12 y de 15.30 a 17.30 hs. Estoy disponible, esto no quiere decir que confieso todo el tiempo. Recuerdo haber estado hora y media o dos horas seguidas confesando alguna vez, pero no es lo habitual.

Cuando se me terminaron las primeras 500 estampitas que entrego a quienes llegan al Sacramento, pude sacar un cálculo aproximado de cuánta gente había pasado durante esos días: un promedio cercano a 11 personas por día. Aunque no son tantos como quisiera, te aseguro que son más que todos los que he confesado en mis siete años de vida Parroquial.

Ver a muchos dudar y no acercarse al Confesionario, me apena; lo mismo que aquellos que pasan por la Capilla del Santísimo y por su actitud muestran que no tienen ni idea de dónde están, o los que sólo vienen a sacar fotos, como en un Museo, o esos que miran desde afuera sin entrar, o los que directamente pasan de largo, sin ver a Dios, vivo.

Pero junto a estos, te encuentras a los que llegan conmovidos y llenos de un piadoso respeto. Especialmente me llaman siempre la atención los orientales, porque los veo manifestar con todo su cuerpo su piedad respetuosa: se persignan y arrodillan inclinándose hasta tocar o besar el suelo y vueltos a incorporar lo repiten varias veces; o las mujeres ortodoxas, cubiertas con vestidos negros y recogidas en una actitud de humilde devoción y a veces en grupos, cantando; o los africanos rezando en voz alta, levantando los brazos y acompasando su cuerpo a los cantos e invocaciones; o los de la India que se acercan a besarte las manos, pidiendo bendiciones; o los japoneses, coreanos y vietnamitas inclinándose en respetuosas reverencias de saludo. ¡Que diferencia con nuestra cultura tan secularizada, egoísta y llena de prejuicios, que no nos permite ni interiorizar lo que sentimos, ni preocuparnos tampoco por mostrarlo con nuestra actitud exterior de respeto, al lugar y a los demás!

Por suerte que también están aquellos que buscan un encuentro interior con el Señor, concentrados y recogidos en silenciosa contemplación. Y vivir esta diversidad que nuestro buen Padre reúne en este lugar Santo, me ha hecho también abrirme a Sus Sorpresas. Desde poder entender, con la ayuda de Su Espíritu Santo, el Inglés y el Italiano en los distintos acentos y pronunciaciones de polacos, rusos, japoneses, algún chino, malayos, hindúes, húngaros y africanos; hasta las fotos con los peregrinos que algunos solicitan con todo cariño y respeto, porque quieren un recuerdo eclesial; pero otros que a veces hasta por sorpresa, buscan la novedad, tal como si fuera la foto que se toman al lado de un camello.

Lo que me da mucho gozo, es la cantidad de consagrados que confieso. La mayoría sacerdotes, después laicas y religiosas. Llevo cuenta, por lo extraordinario para mi, de los Obispos confesados: nueve. Me sorprendió el primero, ¡mi primera confesión a un Pastor de la Iglesia!, un regalo inesperado ¡Gracias Señor! A los siguientes, ya los pude vivir agradeciendo a Dios, porque a todos, fieles y pastores, nos llama a una constante conversión.

Pero la mayor alegría que nunca antes había experimentado, es lo gratificante de ver Su Misericordia actuando. Experimentar el Poder de lo Sacro, Su Gracia, Su Acción en nosotros: la Reconciliación. La veo en la sonrisa esperanzada, en la tranquilidad del consuelo que seca las lágrimas, en el alivio del perdón que, en solo minutos, nos libera de nuestras cargas y opresiones.

Esto es algo que, juntamente con el privilegio de poder decir en la fórmula de la Absolución: “Dios Padre Misericordioso, que por la muerte y resurrección de Su Hijo AQUÍ, EN ESTE LUGAR, ha reconciliado el mundo consigo”, hace que a cada confesión la viva realmente como Su Regalo a nuestra miseria, como el amoroso reencuentro con el Padre, “que tanto amó al mundo que le entregó a Su Único Hijo para salvarlo.”

Esta historia y otras mil, fueron recopiladas durante el Año Sacerdotal. Las cien mejores están publicadas en el libro “100 historias en blanco y negro”, que puede adquirirse por AMAZON