Día 10: En el Sagrado Corazón de Jesús, hallaremos el mejor consuelo

Se inicia con el acto de contrición como el esquema.
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El pecado ha hecho de este mundo, que debería ser un paraíso anticipado, una especie de infierno. Las espinas con que a cada paso tropezamos nos punzan dolorosamente y nos arrancan frecuentes gemidos.
Así que nada necesita tanto el hombre durante su vida mortal como el consuelo.

Consuelo necesitamos en los contratiempos de la fortuna, en los dolores de la enfermedad, en la pérdida de los que amamos, en las dudas de la conciencia, en todos los momentos de la vida y, sobre todo, en el muy crítico y angustioso momento de nuestra muerte.

¿Dónde mejor podemos buscar ese consuelo sino en el Corazón de Jesús? ¿No han salido de él aquellas amorosas palabras: "Vengan a mí todos los que están cansados y afligidos y yo los aliviaré"?

Oh, Jesús, único Consolador verdadero de los corazones angustiados, ¿a quién iremos sino a Ti en nuestras horas amargas? Cuando los intereses mundanos nos dejan insatisfechos, cuando los amigos se alejan, cuando las fuerzas faltan, ¿a quién acudiremos sino a Ti, fuente infatigable de todo consuelo?

Se medita unos momentos

No obstante su presencia consoladora, es a Jesús a quien al final acudimos en las horas de tribulación. Primero son los amigos de la tierra que ese Amigo del cielo. Primero buscamos un desahogo en el pasatiempo que en la intimidad del sagrario, donde espera ese misericordioso Paráclito.

¿No llevamos ya bastantes desengaños? ¿Qué herida o qué dolor nos lo ha calmado el mundo? ¿Qué bálsamo hemos encontrado en él para endulzar la amargura? El mundo no está interesado en consolar a los que padecen, sino en adular a los dichosos. Solamente hay un asilo seguro para los corazones heridos y es el herido Corazón de Jesús.

Oh, Señor, a tu Corazón nos acogemos, como el regazo de una madre amorosa, para que nos abrigues en él con tu calor y nos defiendas y consueles. Sólo Tú tienes consuelos para nuestro atribulado corazón.

Aléjense, consolaciones humanas; vanas, inconstantes, mentirosas. Son como una copa de licor cuyos bordes parecen dulces, pero , en el fondo, sólo se beben los residuos amargos del desengaño. A ti, Señor, únicamente buscamos; en tu Corazón queremos entrar y ahí permanecer. ¡Oh, Dios de todo consuelo! En Ti y sólo en Ti espera encontrar consuelo el desolado corazón del hombre.

Se medita y se pide una gracia particular para este día.

se continua el esquema con la oración de consagración.
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